sábados en el negocio de mi padre hasta ponerme al día.
La primera mañana, mientras esperaba afuera de la planta, me llegó un recordatorio de pago al teléfono. Lo guardé y saqué mi identificación nueva. Me temblaba la mano al acercarla al lector. Sonó. La puerta se abrió.
—No más bodas, Mateo —me dijo la doctora Ríos, frunciendo el ceño.
Asentí.
Todavía pienso en Julia y en el pañuelo blanco. Quise ayudarla y lo hice a medias. A veces, querer ayudar no basta: hay que saber también dónde termina tu