fin nos quedamos solos aquella noche, ella me mostró la habitación contigua a la cocina.
Había sábanas limpias en la cama.
—Mañana nos levantamos a las cinco —dijo—. Los animales no saben que hemos celebrado una boda.
Luego se marchó.
Me quedé allí tumbado, completamente vestido, escuchando cómo cerraba las ventanas, una a una.
Por la mañana, me levanté a las cuatro y media.
No quería que lo primero que se dijera de mí en mi nueva vida fuera que era un holgazán.
Permanecí en aquella casa durante veintidós años.
Me casé a los 19 años con una viuda de 43 años del pueblo vecino “para tener alguien que cuidara la tierra”. Durante 22 años estuve en silencio, y la noche que ella murió, abrí el cofre del armario…